La Despedida
Lo que pasa es que se enamoró perdidamente de ella. Cuando teníamos como 23 años, nos juntamos un grupo de amigos para hacerle la despedida de soltero a mi hermano. Después de proponer varios lugares entre saunas y cabarets, decidimos ir a un lugar que en ese entonces se llamaba “Amazona”. Era uno de esos típicos boliches de bajo presupuesto con unas cuantas mesas, un escenario con una barra al medio, y unos salones privados al lado de los baños; sólo queríamos divertirnos un rato. Bailaban varias niñas, el número estelar de la noche era Marilyn. Estabamos instalados en una mesa a la orilla del escenario; como sabían que mi hermano se casaba, las topleras se paseaban a cada rato por nuestro lado, sentándose en las piernas de Mario, mi hermano, dejándose manosear y claro, ahí, todos nos aprovechábamos. Nuestro plan era pagarle un privado con la mujer que él escogiera. Sin embargo, Mario empezó a tirar p’a la cola, diciendo que él venía a mirar y nada más. Como no se decidía por ninguna chica, le preguntamos al barman cuál era la bailarina más linda del local. El hombre no dudo en recomendarnos a Marilyn. Dicho y hecho, sin que mi hermano lo supiera, hicimos los arreglos para que después de la actuación de la toplera, ella se lo llevara a un privado. Recién a las dos de la mañana anunciaron a la tal Marilyn. Antes que se asomará la niña al escenario, Manuel, que estaba sentado al lado de mi hermano, le dijo al oído “obsérvala bien, que esta noche será tu regalo de despedida”. Como son las cosas... Al bajar las luces, apareció una rubia envuelta en un abrigo de piel. El barman tenía razón: era simplemente hermosa. Todos nos quedamos mudos mirándola bailar y, aunque fue la única que no quedó completamente desnuda, era la mujer más sensual y deseable de toda la noche. Mi hermano, sin embargo, no quiso aceptar su “regalito” y cuando, terminando su número, la mujer se acercó a nuestra mesa preguntando con una voz suave y audaz “¿a quién debo llevarme?” el único que reaccionó fue Manuel. Se paró sin vacilar, tomó la mano que ella había extendido, dió un vistazo a la mesa diciendo “yo les devolveré su plata después”. Ninguno de nosotros reclamó, más bien le aplaudimos y seguimos emborrachándonos. Manuel no se apareció más esa noche. Dos semanas después, me lo encontré en el metro después del trabajo y nos fuimos a conversar una cerveza. Allí me contó que se había enamorado de María Paz, ese es su nombre real, era la mujer más hermosa que había conocido en su vida y que no pensaba dejarla. Yo le pregunté si todavía seguía bailando en el nightclub, entonces él bajó la mirada y me admitió que si, pero que estaba a punto de convencerla para que dejara esa vida. Pasaron los años y mi amigo terminó por resignarse. Le propuso matrimonio con la idea que ella dejaría de bailar. La entusiasmó con hijos con el mismo propósito. Ella se alejó de su trabajo por un tiempo, sin embargo, cuando Manuel quedó cesante no hubo mejor excusa que el dinero para que permitiera que su mujer volviera a mostrarse semidesnuda. Desde ahí, Manuel se distanció, no lo vi más que por casualidades. Cada vez lo encontraba más delgado, más entregado a su suerte, su rostro se iluminaba sólo al hablar de sus hijos. Un día, quedé invitado a almorzar a su casa. Yo fui con la intención de volver a la amistad que siempre habíamos tenido, conocer a sus hijos, no sé. La casa de Manuel resultó ser una extensión de su estado de ánimo. Sus hijos eran silenciosos pero con una mirada que gritaba su rabia, un enojo por algo que no podían explicarse. María Paz era la misma mujer fresca y bonita, se conservaba muy bien. En la mesa, se habló muy poco. Manuel ya no miraba a su mujer. Noté que la evitaba. El silencio en esa casa era de los peores: cada uno se guardaba sus sentimientos, acumulaba su ira y escondía su frustración. Me enteré por Rodrigo, el hijo menor, en una breve conversación, que su madre trabajaba todas las noches en una fábrica. Me contó que no sabía muy bien cuál era el trabajo de su mama, pero que de vez en cuando sus padres discutían fuertemente a causa de eso. Él lamentaba que su casa no fuera como la de los demás. Pero, al menos, su mama siempre llegaba a despertarlo y a darle desayuno. El pobre ni siquiera sospechaba lo que pasaba realmente. Por eso reaccionó tan mal.
Como todas las noches, Manuel espera sentado en la cama. Son las seis de la mañana, su inquietud aumenta al pasar los minutos. Normalmente, en los días de semana, ella no llega después de las 4:30 AM. Se preocupa. Imagina y se pregunta cuál sería la razón de su retraso. Ruega a Dios que no le haya pasado nada en el camino. Quizá se había quedado conversando con las amigas, piensa para tranquilizarse. Luego un pensamiento oscuro lo invade. ¿Se habrá ido con un hombre? Siente la sangre caliente subir a su cabeza. Los latidos de su corazón se aceleran y se hacen cada vez más ruidosos. Tiembla. No de miedo, sino de rabia, de ira acumulada. En el fondo, sabe que su enojo no es sólo en contra de su mujer. Sabe que hace mucho tiempo debió ponerle un punto final a esta situación. De pronto, escucha un auto detenerse frente a su casa. Se asoma a la ventana. Ve salir a María Paz de ese auto que no es un taxi. Su mente se nubla. No se vuelve a la cama a hacerse el dormido como de costumbre, sino que se para frente a la puerta dispuesto a acabar con esta vergüenza, a recuperar su dignidad de hombre.
- Y tu, ¿de dónde vienes?
- De ...de... del trabajo, ¿de donde más ?
- Y ese auto! ¿Crees que soy hueón? No me mientas, sé que no es un taxi -el volumen de la voz de Manuel aumentó de golpe.
- Bueno, es el jefe que me ofreció traerme, que tanto escándalo! Baja el tonito que vas a despertar a los niños.
- Deja de mentir! Otra vez andas puteando, me prometiste que no lo harías de nuevo...
- Pero ¿cómo piensas pagar el colegio de los niños? - le contestó casi susurrando- tu sueldo está alcanzando apenas para comer, ¿qué quieres que haga?
- Tus excusas me tienen harto, acepté que siguieras trabajando de mesera, pero no, a ti te encanta andar metida con otros hombres, maraca de mie...
- ¡Cállate imbécil! ¿no ves que te pueden escuchar los niños?
- ¡Qué escuchen! Qué sepan la clase de madre que tienen. Ya está bueno que sepan la mierda que tienen de madre, desgra... -ella intentó taparle la boca pero él alcanzó a tomar su brazo y la empujó violentamente- ¡Levántate ahora po’ Marilyn! ¿Acaso te da vergüenza ahora que te llamen así?
Dos segundos de silencio. Llantos. Rodrigo asomado a la puerta de su dormitorio con su ojos clavados en su madre que está en el suelo llorando. Mira a su hermano mayor que decide regresar a su pieza, intenta pedir su ayuda para levantar a su madre. “Mejor que no nos metamos”. Se acerca a su madre, no contiene su llanto, “no llore mi niño, no pasa nada, quédese tranquilito”. Mira a su padre enloquecido de ira, se tapa los oídos cuando él vuelve a gritar: “No lloren por esta puta, no saben todo el daño que me ha hecho, no se merece que lloren por ella!”. Luego, levanta la mirada y su padre ya no está. La puerta quedó abierta dejando entrar el frío rocío de la madrugada. Se seca las lágrimas, se para y cierra la puerta. Acompaña a su madre a la cama, le trae un vaso de agua y las pastillas que ella pidió. Se queda largas horas al lado de su madre hasta que ella se queda dormida. Decide no ir al colegio, a pesar que su hermano insiste en que no vale la pena que falte a clases, que su madre va a estar bien. Él sabe que tiene que poner fin a esta situación, nada puede seguir como ahora. Piensa escribir una carta de despedida como lo hacen en las películas, pero cree que no es necesario explicar nada. Toma un cuchillo en la cocina, el más afilado, se dirige al baño. Ahí, no será difícil limpiar su sangre. Mira por última vez su muñeca, cierra los ojos y siente el metal frío posarse sobre su piel. Le duele mucho al principio, tanto que ya no siente nada más que el tajo en su muñeca. De pronto, se marea, siente el cuerpo muy pesado, alcanza a escuchar la puerta de la calle que se abre y se duerme profundamente.
Como todas las noches, Manuel espera sentado en la cama. Son las seis de la mañana, su inquietud aumenta al pasar los minutos. Normalmente, en los días de semana, ella no llega después de las 4:30 AM. Se preocupa. Imagina y se pregunta cuál sería la razón de su retraso. Ruega a Dios que no le haya pasado nada en el camino. Quizá se había quedado conversando con las amigas, piensa para tranquilizarse. Luego un pensamiento oscuro lo invade. ¿Se habrá ido con un hombre? Siente la sangre caliente subir a su cabeza. Los latidos de su corazón se aceleran y se hacen cada vez más ruidosos. Tiembla. No de miedo, sino de rabia, de ira acumulada. En el fondo, sabe que su enojo no es sólo en contra de su mujer. Sabe que hace mucho tiempo debió ponerle un punto final a esta situación. De pronto, escucha un auto detenerse frente a su casa. Se asoma a la ventana. Ve salir a María Paz de ese auto que no es un taxi. Su mente se nubla. No se vuelve a la cama a hacerse el dormido como de costumbre, sino que se para frente a la puerta dispuesto a acabar con esta vergüenza, a recuperar su dignidad de hombre.
- Y tu, ¿de dónde vienes?
- De ...de... del trabajo, ¿de donde más ?
- Y ese auto! ¿Crees que soy hueón? No me mientas, sé que no es un taxi -el volumen de la voz de Manuel aumentó de golpe.
- Bueno, es el jefe que me ofreció traerme, que tanto escándalo! Baja el tonito que vas a despertar a los niños.
- Deja de mentir! Otra vez andas puteando, me prometiste que no lo harías de nuevo...
- Pero ¿cómo piensas pagar el colegio de los niños? - le contestó casi susurrando- tu sueldo está alcanzando apenas para comer, ¿qué quieres que haga?
- Tus excusas me tienen harto, acepté que siguieras trabajando de mesera, pero no, a ti te encanta andar metida con otros hombres, maraca de mie...
- ¡Cállate imbécil! ¿no ves que te pueden escuchar los niños?
- ¡Qué escuchen! Qué sepan la clase de madre que tienen. Ya está bueno que sepan la mierda que tienen de madre, desgra... -ella intentó taparle la boca pero él alcanzó a tomar su brazo y la empujó violentamente- ¡Levántate ahora po’ Marilyn! ¿Acaso te da vergüenza ahora que te llamen así?
Dos segundos de silencio. Llantos. Rodrigo asomado a la puerta de su dormitorio con su ojos clavados en su madre que está en el suelo llorando. Mira a su hermano mayor que decide regresar a su pieza, intenta pedir su ayuda para levantar a su madre. “Mejor que no nos metamos”. Se acerca a su madre, no contiene su llanto, “no llore mi niño, no pasa nada, quédese tranquilito”. Mira a su padre enloquecido de ira, se tapa los oídos cuando él vuelve a gritar: “No lloren por esta puta, no saben todo el daño que me ha hecho, no se merece que lloren por ella!”. Luego, levanta la mirada y su padre ya no está. La puerta quedó abierta dejando entrar el frío rocío de la madrugada. Se seca las lágrimas, se para y cierra la puerta. Acompaña a su madre a la cama, le trae un vaso de agua y las pastillas que ella pidió. Se queda largas horas al lado de su madre hasta que ella se queda dormida. Decide no ir al colegio, a pesar que su hermano insiste en que no vale la pena que falte a clases, que su madre va a estar bien. Él sabe que tiene que poner fin a esta situación, nada puede seguir como ahora. Piensa escribir una carta de despedida como lo hacen en las películas, pero cree que no es necesario explicar nada. Toma un cuchillo en la cocina, el más afilado, se dirige al baño. Ahí, no será difícil limpiar su sangre. Mira por última vez su muñeca, cierra los ojos y siente el metal frío posarse sobre su piel. Le duele mucho al principio, tanto que ya no siente nada más que el tajo en su muñeca. De pronto, se marea, siente el cuerpo muy pesado, alcanza a escuchar la puerta de la calle que se abre y se duerme profundamente.
Zoran (dic1999, editado ag04 y oct06)
