Ni en la hora de mi muerte
Das la enésima vuelta antes de acostarte. No, no es la presión arterial, tampoco el corazón, no es la tensión nerviosa ni menos las preocupaciones que no te dejan dormir. Es verdad que sufriste de arritmía cardíaca; sé que recuerdas más tu primer ataque al corazón a los doce años que la primera visita de los ríos rojos entre tus piernas. Hace un par de años que te operaron exitosamente y desde entonces sólo has tenido dolores fantasmas en el pecho. Como una pesada jaqueca que se disipa, te aliviaste de las numerosas pequeñas agonías que te hicieron perder la vergüenza de pedir ayuda a los desconocidos.
También sería injusto no reconocer que tendrías el derecho humano a tirar la toalla y abandonar la primera fila en estas miles de batallas por la sobrevivencia (quizá en eso nos parecemos). Las carencias materiales, afectivas y educacionales no han logrado silenciar tu risa escandalosamente optimista. Tus oraciones, además de perdón, siempre pidieron fuerzas para entregarte día a día a los demás: a tus padres, a tu marido, a tus hijos...a todos ellos que hoy no están a tu lado. Cuando casi pierdes la vida por regalarla a tu hijo, sólo pensabas en pujar para que lo sacaran antes que la muerte te impidiera sentirlo sobre tu pecho; no te rendiste ante la injusticia de que te quitaran la satisfacción de ver el fruto de tu amor infinito. Me invocaste y ahí estuve, como todas las veces anteriores y todas las que siguieron (en esta misión, cuidando tu vida aprendo a valorar todos los mundos que destruí con el pretexto de servir a un solo país).
Si, también sé que mañana terminarás tu jornada rogando que la siguiente te vaya mejor, para reunir esos pesos que te faltan para pagar el arriendo de la dignidad del mes. Por unos segundos, tus ojos se cierran apesadumbrados por un futuro que no quieres ver, temes más que al diablo despertar un día sin las fuerzas ni destreza para dirigir las tijeras. Has sido autosuficiente desde antes que tu cuerpo de mujer terminara de tomar sus formas; hasta ahora has pedido ayuda a tus hijos sólo cuando les quieres recordar que ahora eres tú quien los necesita. Pero esos segundos se van, tu levantas la frente y cumples con los ritos inventados para atraer las buenas energías.
Esta noche tampoco es el miedo a los ladrones lo que te tiene dando una vuelta más en la cama. Mil veces has dejado la puerta sin la vuelta de llave que impide que la abran desde fuera, otras tantas has dejado la llave olvidada en la cerradura que mira hacia la calle acompañada por los árboles silenciosos. Siempre has tenido la sensación de estar protegida; me has llamado hermano desde los 8 años, y papá también desde 1977; hace un mes, en medio de la noche cuando me aseguraba que todo estuviera bien cerrado, encendí y apagué el televisor, tú pensaste que era tu madre que venía a verte.
Te levantas nuevamente, esta vez vas a buscar un vaso de agua para tomar una pastilla para la presión. Sientes que está muy alta, impidiéndote relajarte lo suficiente para conciliar el sueño. Maldices los trastornos de la menopausia, odias que te recuerden los años que tu tersa piel y fina contextura te han ayudado a ocultar tan cómodamente.
Sé que prefieres culpar a todo eso para evitar el dolor inmenso de la ausencia. Los besos de buenas noches a los niños después de leerles un cuento o a veces después de los gritos castigadores, la conversación rutinaria de padres, amantes y esposos que a menudo terminaba en discusión, el abrazo urgente que apaga el fuego encendido por la necesidad de cariño, la piel desnuda y pegajosa que se siente más viva... los dolores físicos actúan como analgésicos inconscientes de la soledad y yo he sido privado del sufrimiento humano hace tantos años que no hay manera de evadir este solitario deambular. No debería, pero fui de carne y huesos, la nostalgia de ser me empuja a abrazarte. No temas. Estoy aquí para cuidarte. No me habías visto antes y no debería mostarme ante ti, sólo quiero que sepas que te acompaño, quiero que duermas serena, no temas. Ahora sabes que no soy tu hermano; fui soldado en una guerra que ya no recuerdo. Mi misión es cuidarte, lo he hecho desde tu nacimiento, te conozco mejor que tú misma; he aprendido a amar la vida a través del dolor de no tenerla. Duermete ahora, descansa, yo seguiré aquí a tu lado.
A lo mejor tus hijos pensarán que además de hipocondríaca ahora eres esquizofrénica. No te importa, te veo feliz sabiendo que estoy cerca. Conversamos brevemente antes de salir de la casa o antes de acostarte. Se cree que la gente que habla sola o bien está enferma o bien senil y es la soledad que los empuja a inventarse compañías. Tampoco la Fe ha sido entendida del todo pero la mayoría termina por aceptar como normal las conversaciones con Dios, sea cual sea el nombre. Las personas rezan creyendo que alguien o algo les escucha, ¿qué locos no? He tenido mucho tiempo para pensar en todo esto, lástima que no pueda hacerte saber todo lo que he analizado. Ya aprendí a conformarme con la satisfacción de cumplir con mi misión. Te estaré esperando con una paz profunda cuando cumpla con tu última petición....
”Ángel de mi Guarda, dulce compañía, no me desampares, ni de noche ni de día...”.
"Elle est si belle que je lui ai dit les premiers mots de ma vie"
(Canción de Francis Cabrel)
Septiembre 2004, Editado Junio 2006

3 Comments:
que quiere que le diga...soy un asiduo lector de su blog y debo confesar que lo encuentro bastante bueno...
claramente no tengo la capacidad de análisis que requiere la gente que se dedica a esto, y lee mucho y todas esas cosas...sin embargo, debo decir que, por lo menos, lo paso bien, y logro vivenciar las situaciones aca relatadas...
saludos, de parte de su cuñado favorito xD!
.pipe.
PD: tambien tengo mi espacio dentro de la blogosfera..dese una vuelta, y deje su saludo...
Por primera vez tengo la oportunidad de leer tus cuentos, me parecen muy entretenidos y una vez mas me siento orgulloso de ser tu tio.
Adivinas quien soy???
Gracias. Bienvenido a este rinconcito de la web: eres el tercer visitante!
Un gran abrazo a mi tío regalón!
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